Hay que hablar de política
Continuo con el tema iniciado en la entrada anterior, pero esta vez quiero detenerme en algo que mencioné en ella: dije, en la primera parte de catarsis, que de la política sólo se hablaba en los bares, y como se habla de fútbol. Esto, por supuesto, no es cierto, pero refleja algo sobre lo que merece la pena reflexionar: la poca disposición a hablar de política y los lugares comunes dentro del debate político.
Vamos a arrancar desde las mismas premisas que la entrada anterior, a saber, la percepción localista del Estado y la desconfianza ante los cambios, y a ver dónde llegamos.
La percepción localista no es por definición algo excluyente para aquellos que entran dentro de los círculos de una persona, pero sí tiene una fuerte componente de estrechez mental que termina afectando a la manera en que vemos incluso a las personas más cercanas.
Luego tenemos que las opiniones acerca de política, por afectar ésta a todas las facetas de la vida ciudadana, suelen ser asociadas con una determinada forma de ver la vida en general.
Si unimos estos dos factores lo que obtenemos es que, a menos que se intente luchar contra ello, se tiende a identificar y juzgar a la totalidad de la personalidad ajena por sus opiniones políticas. Y ay de aquel que se identifique como perteneciente al bando contrario al propio, pues en un tema tan importante no se admiten desviaciones; sus opiniones pues dejarán de tener validez y el que pueda tener razón en algo se convertirá en una imposibilidad, en una irrealidad.
Si esta tendencia la multiplicamos por tantas personas como tenga una sociedad, veremos que lo que debería ser un universo de opiniones, un prisma de un millón de facetas, cae en el maniqueísmo facilón y zafio al que, por desgracia, nos estamos acostumbrando. La miríada de colores y matices del complejo cuadro de esa sociedad claudican pues ante la inflexible aridez de un blanco y negro sin grises; ante el "estás conmigo" o el "estás contra mí", sin posibilidad de elección fuera de esos dos extremos.
Esto anterior ejemplo de sociedad es extremo porque lo que quiero mostrar es precisamente que esta tendencia, al emerger, suele tomar cuerpo en posturas y opiniones rígidas y poco susceptibles de ser matizadas. Y, por desgracia, en nuestra sociedad abunda tal manera de ver las cosas.
Ahora bien, las personas en general podremos ser cortas pero no somos tontas. Sabemos que la rigidez de opinión propia implica (y valida) la rigidez de opinión ajena. Ergo, imaginamos (por desgracia no sin acierto), que ponernos a hablar de política con quien no debemos es el camino más corto de tener una bronca, bronca que, fruto de esta monolítica visión que nos ocupa, no tendrá de hecho nada que ver con la política, sino con formas encontradas de ver la vida. Por lo tanto, y por tener la fiesta en paz, no se habla de política. Cerrojado. Tabú.
Hay otro afluente que se une a este caudaloso río, y es que, como decía en la entrada anterior, en general tenemos poco conocimiento acerca de las leyes y estructuras del estado de derecho. Por tanto en el caso que nos ocupa, la ignorancia, aparte de atrevida, es también garantía de que casi cualquier conversación sobre política estará plagada de errores y/o imprecisiones, lo que ayuda a embarullar aún más las discusiones de esta índole.
Mal panorama el del debate político en esta España nuestra.
Pero aún teniendo en cuenta todas estas taras, aún a pesar de los pesares, es necesario hablar de política.
De hecho es vital hacerlo porque, salvo afiliarse a un partido, no existe otra manera de implicarse en la marcha de nuestro país. El debate y el intercambio de ideas y puntos de vista, aunque no se llegue a un acuerdo o consenso, son realmente los que convierten a una masa de gente en un electorado. Pero para debatir correctamente es preciso dejar antes a un lado el miedo a la contienda y abandonar el miedo a la opinión ajena. Ésta es siempre fuente de enriquecimiento independientemente de si se está de acuerdo o no con ella. Y, aún más importante, intentar despojarse de esa cerrazón mental que impide ver más allá de la propia realidad.
La democracia es el mejor sistema político que conocemos, pero hay que ganarla. Hay que luchar por ella y por defender el derecho propio y ajeno a expresar opiniones. Si no se hace, entonces no se tiene democracia sino una burla con una máscara pintada. La democracia hay que ganarla. Costó mucho conseguirla y sin embargo no estamos haciendo suficiente por mantenerla viva.
Insisto: hay que hablar de política.
Ahora, que cada palo aguante su vela.
jueves, noviembre 18, 2010
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